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Un fin de semana en Mykonos

Un fin de semana en Mykonos

 
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Si Grecia todavía no está en tu lista de lugares que visitar, te recomiendo que lo anotes ya! Aterricé en Atenas a medianoche y nada más salir el sol, estábamos en el ferry que nos llevaría a Mykonos. Después de haber estado en un vuelo tras otro, arrastrando maletoncios y alimentándome con comida de máquinas y bandejitas de avión, llegar a la isla fue como un sueño. Primera parada del día: café! Uno de los mejores de la zona en Epoca. No soy muy fanática del café, pero el cappuccino helado griego es una delicia. Espumoso y refrescante, es la bebida perfecta para empezar el día de sol en la isla griega.

 
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Casi todos los turistas se han marchado ya en el mes de septiembre pero el clima todavía es suave, las condiciones ideales para disfrutar de Mykonos con tranquilidad. Decidimos alojarnos lejos del centro turístico, en una parte de la isla más íntima y relajada. Estés donde estés, la paleta de colores es una maravilla. Flores rosas y blancas vibran al viento, brillantes reflejos plateados te ciegan mientras que las colinas amarillas, construcciones blancas y acentos azules solo esperan a ser fotografiadas o pintadas por algún artista impresionista. Nuestro hogar temporal era tan de ensueño como el paisaje. El exterior, a juego con el blanco y azul del resto de la isla y el interior espacioso y acogedor.

 
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Visitamos un par de playas, las dos alejadas de las más conocidas y populares del sur. Ftelia, al norte de la isla, es un paraíso para surferos y amantes de las olas. Un mar revoltoso, arena caliente y ambiente relajado. Si el viento no te molesta, vale la pena venir hasta aquí. Un bar en la playa ofrece pufs para relajarte y tomar una cerveza antes de subir al restaurante por unas escaleras. No sé que es lo que más me gustó, la vista de película, la comida de chuparse los dedos, el servicio amable, la decoración o la compañía. Pasé una tarde maravillosa charlando sobre todo y nada, bebiendo vino y saboreando marisco. A veces me gustaría que la vida fuese así de sencilla, pero supongo que si así fuera, la conversación no sería tan interesante. 

 
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Agios Sostis también se sitúa al norte de la isla y es también una de las playas más tranquilas de la zona. Solo se puede llegar a ella en coche o moto y bajando una colina a pie. No hay ningún tipo de negocios o instalaciones, sólo algún masajista nómada que ofrece sus servicios in situ. La bajada es un poco tropezada, pero vale la pena para disfrutar de sus aguas transparentes, suave arena y brillante sol. Lo sencillo suele ser lo mejor. 

 
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No me podía ir de la la isla sin pasar por el famoso 180 sunset bar para ver la puesta de sol desde su terraza y tomarme uno de sus cócteles de frutas. Tampoco me podía ir sin ver Mykonos town, el centro de la ciudad y protagonista de todas las postales. Para cenar, escogimos Nikkei, un restaurante peruano coronado por una preciosa buganvilla y lámparas de paja, perdido por el laberinto de callecitas blancas. Pasearse por las callejuelas de noche fue una experiencia extraña. Todo parecía de cartón, como si fuera una escenario de teatro. La luz y los colores eran demasiado brillantes para ser tan tarde. Imaginaba al caminar cómo una fuerte ráfaga de viento podría llevarse todo de golpe, como un suspiro a un castillo de naipes. Después de una deliciosa cena y mucho caminar, fue todo un placer llegar a nuestro apartamento y quitarme los zapatos, dejando atrás la multitud, los llaveros y demás souvenirs. 

 
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Por desgracia, nuestra estancia en la isla fue tan divertida como breve, pero nos esperaba Atenas con muchas otros rincones por explorar. 

 

Marcel Mariën y su bailarina estrella

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